Me encantan las películas de aventura y nada mejor que hacer de un viaje una película propia, así es como vivimos la Salzkammergut Trophy, como una verdadera película de acción… En realidad no sé cómo terminamos en Austria corriendo la super Salzkammergut Trophy, bueno, sí sé cómo llegamos, con mucho trabajo por parte de Petra Wonich y mucho tesón por nuestra parte. El equipo lo formábamos Juanfer, Paco y yo, como corredores de la maratón; Fabi como corredor de la Coca-Cola Junior Trophy, Petra como organizadora y Juan como ayudante. El día que nos fuimos pensé que no nos dejarían pasar con tanto equipaje, parecía que nos íbamos a vivir al extranjero, pero en realidad eran nuestras flamantes bicicletas empaquetadas con el mayor mimo y cariño (también han costado lo suyo). Así empezó la aventura… viajamos hasta Munich y más tarde, con la furgoneta de alquiler, cargadísima hasta los topes, nos fuimos dirección Salzburgo en busca de un pequeño pueblo llamado Bad Goisern; pero, como en toda película que se precie, los protagonistas siempre se pierden, y a nosotros nos pasó el primer día. Nos perdimos en medio de la nada, aunque logramos seguir el camino de las baldosas amarillas y llegar al pueblo pasadas las once de la noche. Allí conocimos a los que serían nuestros padres adoptivos durante la estancia: Pancho y Heinz; creo que después de haberles conocido hemos recapacitado profundamente en lo que significa la verdadera hospitalidad. Desplegaron medios para que estuviéramos en nuestra propia casa: casas de lujo, comidas de lujo, todo un lujazo no apto para cardíacos. Nosotros sólo queríamos un colchón y un desayuno, pero ellos han sido la muestra de la generosidad personificada.
Como habíamos llegado de noche no nos habíamos percatado de dónde estábamos en realidad, pero desde que el sol despuntó por el este nos dimos cuenta de que estábamos en medio de un verdadero decorado de película. El lugar es flipante, en realidad me quedo corto, pero me sentía como Heidi en medio de tanta montaña. ¡Realmente increíble!... tan increíble que esa mañana salimos con las bicis para reconocer los senderos, supuestamente, hubiésemos tardado dos horas, pero al final tardamos seis porque parábamos cada cinco minutos para disfrutar… montañas, baños en el río, risas, fotos, lagos, más risas, valles…todo lo que sueña un biker. Cuando volvimos a la casa, después de una buena ducha y una buena comida, cerré los ojos y dejé que pasaran los mejores momentos de la jornada, eso es lo que suelo llamar 'el nirvana del ciclista': rememorar esos instantes hace que levite y me sienta el protagonista de mi película.
Al día siguiente, antesala de la maratón, nos citamos todos en la carpa para almorzar y preparar lo que sería la carrera. Petra presentó al público la maratón que organizaremos en febrero del año que viene en Gran Canaria. Todo ha salido a pedir de boca, estamos contentos pues ese era uno de los cometidos.
Y llega el día D, la Salzkammergut Trophy. Los nervios nos empiezan a invadir; en realidad es más adrenalina que otra cosa…y a las diez en punto de la mañana se da la salida. Muchos en la salida nos despegan las pegatinas de las bicis, son como misiles y cohetes. No hemos llegado a los primeros cincuenta metros y hay una caída, uno de los corredores parte la llanta y abandona… ahora sí es verdad que la adrenalina se torna en nervios. Las subidas de asfalto y tierra son mortales. Muchos se bajan y suben caminando, otros abandonan, pero 'los tres mosqueteros' hemos decidido que terminaremos la carrera, aunque lleguemos los últimos. Cada vez hay más subidas y bajadas, y solo hemos recorrido diez kilómetros de los ciento seis de trayecto. Pasamos una subida técnica de barro, tenemos tierra hasta en las muelas y ya comenzamos a camuflarnos con el camino, ¡ahora sí que llega la acción! Primer avituallamiento, el pueblo de Bad Goisern se vuelca en ayudarnos.
Empieza la segunda parte, aún nos quedan 70 km y la lluvia gélida del Tirol hace presencia en el peor momento. Más subidas y bajadas. Cada vez que veo las caras de Paco y Juanfer sé que la cosa no va del todo bien. El tuétano está congelado, pero llegamos al ecuador de la prueba; el avituallamiento ahora es más fuerte, pero muchos abandonan. Nosotros estamos hechos polvo y todavía quedan 40 km. Casi no tenemos fuerzas, las rampas son durísimas. Todo se mezcla: frío, desgana, hambre, barro, abandonos… ahora somos como autómatas, no pedaleamos, las piernas comienzan a trabajar por sí solas. Llega la última subida. Interminable… pero por fin divisamos el pueblo. ¡Ahora sí que llevamos la moral a tope! La bajada hasta la meta es un barrizal asombroso; pero ahora todo da igual, porque hemos llegado a meta y somos los hombres más felices de La Tierra. Fotos, felicitaciones, buen rollo. ¡Las estrella de la película! Aunque estamos muertos nos duchamos y volvemos al pueblo para organizar la fiesta canaria: comida, música, baile y mucho sueño.
Al día siguiente, domingo, vamos a la prueba de la UCI. Empezaron las chicas y una hora más tarde los chicos. Más que una carrera aquello era un espectáculo. Verdaderamente una fiesta de bicicletas, una sucesión de locos bajando por rampas interminables. Actores en plena función.
Cuando todo termina y se entregan los trofeos estamos exhaustos de tanta rueda.
El lunes sabemos que ya nos tenemos que ir, hacer un poco de turismo, y recoger, es lo único que falta… y, por supuesto, despedirnos de nuestros padres adoptivos. ¡Qué mierda la barrera lingüística! Sólo podía decirles vielen Dank y Alles gut. Cuatro palabras que resumían un millón de gracias; nos vamos, pero no sin antes hacer otro pequeño 'nirvana del ciclista' y rememorar los buenísimos momentos que hemos tenido todos juntos. Ahora ya no creo en las películas de acción, nada es comparable a la experiencia en Austria y ahora más que lo hemos vivido tan de cerca. Lo bueno dura poco, pero el sabor de boca que nos llevamos es inexplicable. No hay palabras para agradecer lo que hemos vivido y hacer que de este sueño se haya fabricado una maravillosa realidad.
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